Güeros, o del amor a la CDMX | News mx
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22 abril, 2020

Güeros, o del amor a la CDMX

Instrucciones para ver una película


En estos días de encierro, en el que las familias ya comienzan a mirarse de nuevo con la cotidiana extrañeza que los alcanza al darse cuenta que no se aguantan del todo, en el que miramos con nostalgia fotos que tomamos de manera distraída al andar caminando por unas calles que no hemos pisado quizá en semanas, se vuelve importante preguntarse de qué va en realidad el estar encerrado.

Sí, sabemos que es con el fin de proteger tanto como sea posible a la población para evitar que colapse el sistema de salud (contrario a lo que Javier Alatorre mencionó hace un par de días), y sí, sabemos que habrá afectaciones económicas, pero pues miremos un poco a la gente de EEUU, ahí está nuestra respuesta.

Como sea, aprovechando una de tantas tardes despojadas, aproveché para mirar de nueva cuenta la película Güeros, de Alfonso Ruizpalacios. He de aclarar que desde hace un par de meses dejé de vivir en la Ciudad de México tras vivir en ella alrededor de 8 años, todo por ir y cursar una licenciatura en la UNAM.

¿Y de qué va Güeros? De un un chavo que tiene que ir a quedarse con su hermano y un amigo de este, ambos estudiantes universitarios. Diversos eventos los llevan a pasearse por varias zonas de la ciudad, acompañados de Ana, una estudiante muy involucrada en la huelga que está
ocurriendo al interior de la UNAM.


Y estar encerrado en mi casa en una ciudad distante, pensando en cómo estarán las cosas en la vieja ciudad de hierro, me pusieron en bandeja de plata para que Güeros me diera un golpe en el vientre.

La película en su momento fue criticada por querer hacer un torpe ingreso al llamado «cine de arte» con algunos jugueteos al intercalar escenas propias de la narrativa con otras que son algunos evidentes sobresaltos durante el proceso de filmación; también se le señaló por el modo en que
expuso las asambleas universitarias y a los simpatizantes del movimiento, hubo a quienes les pareció percibir un dejo de burla.


No diría tales cosas. A mi me pareció una película encantadora. Porque entiendo esas tardes muertas sin quehacer justo cuando la escuela está parada por alguna huelga, o por algún puente o por la espera de las vacaciones que en ocasiones se extienden más allá de lo tolerable.

El estar con tu compañero de departamento preguntándote en qué minucia ocupar un tiempo del cual eres extrañamente dueño.
Más aún, yo viví también en Copilco, en una unidad habitacional bastante cercana a la mostrada en la película, así que las vistas mostradas en la parte inicial, sí las miré, sí las experimenté.


El modo en el que se avanza por la ciudad sea de día o de noche, con todo y su saturación de gente, de ruido, de intenciones, de las avenidas vacías, de los puestos que se extienden hasta donde alcanzan la vista, del cómo el sol se va ocultando más allá del smog. Toda la parte que se adentra en la universidad igualmente se permitió admirar las vialidades por las que transité a bordo del pumabus, el deslizarse por los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras para enseguida mirar a lo lejos el resplandor de la biblioteca central, los tumultos, los gritos, el estudiantado desbordando
sus deseos de comerse el mundo.

La película alcanzó a captar esa vida que se desborda, y lo adereza con la mirada del joven Tomás, que apenas y comprende el brote de tanta energía, del tímido amor que se asoma entre los gestos de Ana y el Sombra.


Y claro, no podemos olvidarnos del arribo a la mítica pulquería. La fotografía hace gala de sus capacidades y nos entrega una escena que bien luce como el acceso a un templo, a una región más allá de la magia que la ciudad de México suele ofrecer a primera vista. El tema Hasta que te conocí, logra apuntalar a un Tenoch Huerta listo para dar un discurso que logra construir la que es para muchos, la mejor escena de la película. Es una cosa digna de alabar.


Años después de mirar por primera vez la película, me lancé a conocer la
pulquería los Hombres sin Miedo, misma en la que se rodó la escena antes
mencionada. Es un lugar de una belleza inusitada, pareciera que se quedó atrapado en una época de la cual apenas y quedan vestigios. Un altar a la virgen se alza triunfante entre la penumbra que se escurre por entre los débiles focos.

Es un lugar perfecto para ir y poner en la rocola algún tema de Rockdrigo o de Juan Gabriel o de José José. Es un lugar para comulgar con los ídolos.
Estoy deseoso de poder salir de mi hogar sin preocupación alguna en dirección a la ciudad de México, y pasearme por CU, comprar una torta en avenida Universidad, ir a tomar una caguama a algún destartalado bar del centro, mirar el sol bañar el flujo vehicular, mirar extenderse la existencia bajo un puente peatonal. Pronto amigos, pronto, mientras tanto, el cine y Juan Gabriel están ahí para invitarnos a la existencia.

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